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jueves, 30 de septiembre de 2010

Martes, 28 de septiembre de 2010.



A las 7 de la mañana entraba en la habitación María a extraerme la habitual analítica mañanera, pero esta vez, tocaba un segundo pinchazo en la arteria del brazo para medir el nivel de oxígeno en la sangre. No hace falta decir lo molesto y doloroso que es, aunque ya me lo había advertido la noche anterior María "No te voy a engañar, porque sabes que te quiero, pero el pinchazo duele". Y vaya si dolió. Ya para cuando había logrado volver a coger sueño hizo su entrada triunfal la señora de la limpieza más ruidosa de todo Puerta de Hierro, así que de nuevo me fue imposible volver a pegar ojo ¿Existe algún sitio en donde se descanse menos que en un hospital?

Pero para sorpresas la que me llevé con la visita de las oncólogas, y aunque a estas alturas ya debería estar acostumbrada a ellas, los nervios y el miedo terminan traicionándome. Me dijeron que lo de estar fatigada y con falta de respiración, se debía al aumento del derrame pleural, que lo normal sería que lo eliminase por la orina, pero al ser tal cantidad tendrían que pincharme el pulmón para extraerlo. No pude evitar llorar y mi madre igual. Intento ser fuerte, pero son demasiadas cosas en tan pocas semanas y cuesta asimilarlas todas a la vez.

Al verme así las oncólogas intentaron animarme, que por peores cosas había pasado, que ahora no podía venirme abajo, que siempre he demostrado ser una chica muy fuerte y que con esta prueba me iba a sentir mucho mejor. Y no dudo que me vaya a encontrar mejor, pero estoy cansada, cuando no es un dolor de piernas, es un huevo en el cuello o una candidiasis o una infección de orina o un derrame pleural o una tos que me deja sin respiración o que crece el tumor y me oprime la vena cava y así una larga lista de síntomas que se van acumulando y el cuerpo se resiente.

Sobre las 2 de la tarde estaban de vuelta Miriam, dos oncólogas más, a las cuales no había visto antes, y una enfermera. Me hicieron colocarme con el pecho apoyado en el respaldo de la silla, la misma silla incómoda en la que ha dormido incontables veces el Flaco en Urgencias, y una almohada en la que apoyaba los brazos. Con la espalda erguida sentí el frescor del desinfectante en mi piel y supe entonces que llegaría el primer pinchazo de anestesia, aunque fue el segundo el que más dolor me causó. Al poco tiempo ya no sentía nada, pero las piernas y las manos me temblaban sin parar. "Venga Ángel, que lo estás haciendo muy bien" me decía Miriam para intentar darme ánimos. De repente, un inoportuno repartidor de las bandejas de comida entró por la puerta en una situación que se tornó totalmente surrealista.

Recuerdo que antes de localizar el punto donde me iban a pinchar me hicieron repetir "33" varias veces, mientras movían el estetoscopio por mi espalda. Creo que recordaré ese número el resto de mi vida no como el de la edad de Cristo, sino como el número que repetí cuando me sacaron el líquido pleural.
El inconveniente de la anestesia local es que tu mente viaja y es inevitable imaginar que hay una aguja metida en tu pulmón extrayendo un líquido. El tiempo se me hizo eterno y varias veces pregunté cuánto quedaba para terminar, ya que escuchaba las complicaciones que iban teniendo, que si no conseguían seguir extrayendo el líquido, que tenían que volver a pincharme, que no había suficiente presión, etc.
No recuerdo cuánto líquido extrajeron , pero si pude verlo en un tubo que se habían dejado a un lado de donde está colocado el oxígeno en la habitación. Era líquido era de un color rosado. En seguida entró una auxiliar para llevárselo y las oncólogas se marcharon agradeciendo lo bien que había aguantado.
Son días difíciles, pero siempre tienen un lado positivo, mi hermana volverá a Madrid. Se quedará aquí durante dos meses antes de regresar a México, así que aprovecharé todo lo que pueda su compañía.

Te quiero Yus.


Lunes, 27 de septiembre de 2010.


He perdido la cuenta de la cantidad de veces que he tenido que visitar Urgencias estos últimos meses. A estas alturas lo más sensato será dejar de contarlas y aceptarlas como parte de la rutina entre un tratamiento de quimioterapia y otro.
Pero las cosas no se presentaban fáciles, el Flaco a pesar de haberse contagiado de una gastrointeritis que lo tuvo desde la mañana enclaustrado en el baño con mucha diarrea y vómitos, nos acercó hasta el hospital en una muestra más de su entrega y cariño.
Afortunadamente, cada vez que acudo a Urgencias tardan menos en atenderme. En cuanto di mis datos en el mostrador me llevaron a la consulta de clasificación donde tras explicarle a una enfermera, que no se distinguía precisamente por su don de gentes, me pasaron de inmediato al Nivel I (milagrosamente no se encontraba la viejita que suele gritar que le quiten las vías). Me dieron una camilla dividida por una cortina del resto de pacientes y mi madre se colocó en una silla a mi lado.
Enseguida las doctoras se acercaron a preguntarme por mi estado de salud. Entre lágrimas y nervios les conté que estos últimos días había tenido muchas dificultades para respirar, sobre todo por las noches, que de tanto toser durante el día, se me cerraba la garganta y tardaba en volver a recuperar el aire. Las doctoras al vernos tan nerviosas intentaron tranquilizarnos diciéndonos que podía tratarse incluso de una simple gripe y que me harían una radiografía para saber exactamente lo que me ocurría. Desde luego, no podía tratarse de una gripe con esos síntomas, pero había que esperar.
El Flaco entró a despedirse ya que él también se encontraba en malas condiciones y tampoco era conveniente que estuviera cerca de mi por el riesgo de contagiarme.
Y como no todo podía ser bueno, llegaron los problemas, el reservorio ha dejado de refluir y para colmo me tocó una enfermera primeriza para pincharlo, aunque he de reconocer que para ser su primera vez no lo hizo del todo mal. Así que me extrajeron la analítica del brazo, luego me hicieron un electrocardiograma y finalmente me llevaron a hacerme la placa del tórax.
Cuando llegaron los resultados la doctora se acercó de nuevo a nosotras para decirnos que había aumentado el derrame pleural con el que había entrado a Urgencias hacía unas semanas y que lo más conveniente, si estábamos de acuerdo, era dejarme ingresada para que estuviera más controlada. Evidentemente, decidí quedarme, hacía días que pasaba miedo sólo de pensar que iba a llegar la noche.
Más tarde nos pasaron a un box para que mi madre y yo pudiéramos estar más cómodas, pero duramos poco tiempo. Afortunadamente, mi madre se libró de pasar la noche en una silla de lo más incómoda, ya que gracias a María, una de las enfermeras que más cariño me tiene desde que empecé con la enfermedad, vio en el ordenador que mi nombre estaba en la lista de pacientes pendientes de ingreso y como había una habitación disponible esa misma noche no dudó en avisar a los celadores para subirme a planta.
Al final, entre unas cosas y otras nos resultó imposible dormir, aunque me alegro de que mi madre no haya tenido que pasar la noche en una silla como le ocurrió al Flaco en tantas ocasiones. Tampoco me libré de un nuevo cambio de gripper esa misma noche, manías de las enfermeras de oncología, aunque he de reconocer que María es de las que mejor pincha. No hay que olvidar ver las cosas por el lado amable.

Mucha luz a todos.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Viernes, 24 de septiembre de 2010.


Se acumulan los pañuelos en la mesilla dejando el rastro de una tos con flemas que no me ha dejado tregua desde el día que salí del hospital. Y con cada ataque siento cómo los músculos se contraen dejándome sin respiración y con dolores musculares que se suman a una espalda ya de por sí atrofiada de tanto permanecer acostada.

A tan solo unas semanas de haber sido dada de alta, los efectos secundarios de la quimioterapia aún continúan afectándome. Al igual que los huevos “kínder” nunca sabes que te deparará el nuevo tratamiento.

Aceptar los cambios forma parte de la rutina habitual y mentiría si dijese que está siendo un camino fácil. Esto es como una lotería, unos días despiertas y agradeces a Dios no tener ningún dolor, pero al siguiente todo vuelve a ser diferente, aparecen síntomas nuevos, llagas en la boca, diarrea, cansacio, falta de aire, dolores musculares y así una lista interminable de molestias que se acumulan y que tengo que aprender a sobrellevar. Y a pesar de intentar aplicar todos los consejos de los libros de auto ayuda, pensar positivo, visualizarme curada, pensar que estoy en el cuerpo de un niño, el dolor mina mis pensamientos complicando más la tarea de recuperación.

Quejarse es un gasto inútil, pues con ello no van a cesar los dolores, por ello intento concienciarme de que tengo que aceptarlos y que forman parte del tratamiento que me están dando.

A pesar de todo, he sentido algunas mejorías, ya no tengo estreñimiento ni picores en la piel y no necesito echar espesantes al agua para evitar ahogarme. A la bomba de oxígeno he conseguido acostumbrarme aunque más de una vez el largo cable de 8 metros que me permite moverme de un lado a otro de la casa le ha sacado más de un susto al Flaco y a mi madre, que han tenido que recogerme del suelo al tropezar con este. La debilidad sumada a mi torpeza me han hecho tropezar ya en varias ocasiones. Por indicaciones de los oncólogos debo llevarlo puesto al menos 16 horas al día, no tienen que ser seguidas, puedo repartirlas según me vengan mejor. A veces suelo dormir con el oxígeno puesto, aunque es bastante molesto, resaca mucho la garganta.

Día tras día aprendo una lección de vida y descubro que son las cosas insignificantes, los pequeños detalles que parecen invisibles ante nuestros ojos los que realmente importan, cosas que me agradecería hacer por mi misma como levantarme de la ducha sin que nadie tenga que sujetarme, comer sin fatigarme, no tener que estar enchufada a una bomba de oxígeno, poder dar un beso apasionada a mi flaco, hace más de un mes que no lo hago, ver una película sin terminar con dolor en el cuello y la espalda, vestirme si ayuda de nadie, dormir en todas las posturas sin ahogarme, salir a dar un paseo en bicicleta, volver a tener el mismo aspecto físico de antes de los esteroides o simplemente beber un vaso con agua sin atragantarme.

Todo esto forma parte de un aprendizaje al cual debo enfrentarme y mantenerme firme a pesar de lo duro que pueda ser, porque no pienso rendirme ni resignarme, seguiré luchando hasta que consiga curarme, quiero vivir y seguir con mi destino al lado de los míos, sólo eso pido. Pero el tiempo me juega malas pasadas, siento que cada minuto transcurre aletargado y que las manecillas del reloj se escurren como en cuadro de Dalí. Intento eludirlo viviendo el día a día, el ahora, sin preocuparme en lo que pueda ocurrir mañana. La realidad es que estoy aquí y ahora, que cada segundo importa, y que el presente es lo único que hay. Y al igual que el tiempo, la mente es muy poderosa y a duras penas me permite descansar, constantemente me asaltan dudas ¿será este el tratamiento definitivo? ¿cuánto tiempo más resistiré ante todo esto? Dudas y más dudas que me hacen sentir vulnerable y frágil ante una situación que en parte escapa a mi control.

A veces quisiera despertar de la cama, abrir los ojos y no sentir dolor, como si nada de esto hubiera ocurrido, pero sé que tengo que ser fuerte y levantarme día a día, no dejar vencerme aunque sea una enfermedad muy jodida.

Aún así estoy muy agradecida con Dios porque he sido bendecida con un ángel que me ha enviado justo en el momento en el que más lo necesitaba. A día de hoy no sé qué haría sin él. Su simple presencia me tranquiliza, su calor cuando estamos en la cama, sus palabras de aliento cuando me siento desmotivada, su olor en las sábanas, su respiración por las mañanas, su mirada cuando me habla, su paz, su entrega, sus ganas de hacerme sonreír, su continuo esfuerzo porque no decaiga, su cuerpo, sus ojos rasgados, su corazón, su amor por mí. Por mi Flaco, por mi madre, por mi padre, por mi hermana, por mi familia y por mis seres queridos me levanto y resisto a las fuertes envestidas de la vida.

A una semana de volver a ser ingresada me pregunto si este será el tratamiento que me acerque más hacia el trasplante de médula. Sé que aún queda tiempo para poder saberlo, pero no puedo evitar pensarlo. Sólo pido sufrir lo menos posible y resistir lo que haga falta.

Si en estos momentos me concedieran un deseo pediría poder besarte hasta perder el aliento, porque así es como te quiero y no tengo ojos para nadie el mundo más que para ti. Te adoro Flaco.

¿Cuándo llegaré?

lunes, 13 de septiembre de 2010

Viernes, 10 de septiembre de 2010.

El alta y la vuelta del cólico nefrítico.

Muy temprano por la mañana, despertábamos en el hospital con el continuo ajetreo de las enfermeras entrando y saliendo de la habitación. De repente, el Flaco comenzó a sentir un dolor en la espalda que ya nos resultaba bastante familiar. Al intentar descargar el primer chorrito mañanero fue cuando se dio cuenta que las piedrecillas de aquel doloroso cólico nefrítico que le había llevado hace un mes a Urgencias, habían vuelto. Afortunadamente, sobre las 10 de la mañana mi madre llegó para acompañarle a Urgencias mientras yo esperaba en la habitación para recibir noticias. Las ventajas de estar en un hospital es que no tienes que desplazarte más de unos cuantos metros para llegar.

Esta vez, los dolores no llegaron a más dado que llegó a tiempo para que con unos cuantos calmantes, muchos litros de agua y un poco de reposo se recuperara casi por completo.

Más tarde volví verlo en la habitación algo más recuperado y con un poco de mejor cara. Me contó que le habían hecho unas placas y una prueba de orina en la que habían aparecido hematíes, causantes de un pequeño desgarre en la uretra y los riñones. En definitiva, hasta que no eche la arenilla las molestias continuarán apareciendo.

No tardé mucho en darle la grata sorpresa que me llevé durante la visita de las oncólogas la mañana del viernes. Ya me había hecho a la idea de que estaría ingresada hasta el lunes, pero al parecer decidieron cambiarlo de último momento. Aunque con ciertas dudas, dado que la operación de la vena cava había sido muy reciente, me dieron el alta con la condición de volver a Urgencias en caso de sentir fatiga, tener problemas respiratorios o de subir la fiebre hasta 38ºC.

A pesar de que el día no había empezado demasiado bien, las buenas noticias llegaron de improvisto. El hospital tiene sus cosas buenas, pero cuanto menos tiempo pase en él, mucho mejor. Aún así, ese pequeño cordón umbilical que me mantiene atada a sus servicios en una extraña relación amor odio, es difícil de remediar. Cuando no estoy ingresada y tengo algún dolor quiero llegar hasta allí lo más rápido posible y una vez estando en el hospital cuento los días para curarme y poder marcharme a casa.

En esta ocasión y tras los últimos resultados de las pruebas, me he sentido más nerviosa de lo habitual, así que decidieron añadir una nueva droga a mi respectivo cóctel medicinal, esta vez, Valium. Al principio, no quise tomarlo, me parecía algo demasiado fuerte, pero tras varios ataques de ansiedad y después de recordar que un par de meses atrás había estado enchufada a una bomba de morfina, decidí tomármelo. ¡V A L I U M! mezclado con lorazepam y Morfeo se había apoderado una vez más de mis sueños.

Al mediodía Bernard volvió con el informe del alta y todas las indicaciones para poder estar controlada en casa, entre ellas, además de la habitual mediación para evitar los efectos secundarios, tendría que pedir a una empresa especializada una bomba de oxígeno a la cual debo estar conectada 16 horas al día hasta mi próximo ingreso el día 30 de septiembre, fecha en la que se me dará el segundo ciclo de quimioterapia. Por lo demás todo igual.

Los últimas horas antes de recibir el informe de alta se hacen eternas, sabes que estás a nada de poner el culo de nuevo en la calle, pero por momentos parece que el tiempo se detiene en un lento tic tac para hacerte sufrir más.

Al fin llega la hora. El Flaco y yo aguardamos en la entrada mientras mi madre acerca el coche. Enseguida, comienzo a sentir ese cosquilleo en el estómago que me provoca la sensación de alejarme del hospital, el saber que si las cosas se complican no estarán las enfermeras para ponerme la medicación. Intento mantener la calma, es lo único que se puede hacer en estos casos.

Parece que el verano está dando sus últimos coletazos, desde el microclima de mi habitación no me había percatado de ello.

Hogar, dulce hogar. No tardan en llegar con la bomba de Oxígeno, que además de hacer un molesto ruido, huele fatal, será cuestión de acostumbrarse.

Mucha luz a todos.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Martes, 07 de septiembre de 2010.



Operación vena cava.

Llegó el día de la prueba. A pesar de todas las perrerías que me han hecho durante este año y medio no consigo controlar mis nervios. Por la mañana una de las auxiliares me entrega unos desinfectantes con los que tengo que ducharme, han empezado los preparativos.

Recorremos el pasillo hasta llegar a la puerta del quirófano, un espacio frío en donde aguardamos mi madre y yo en espera de que el cirujano me llame para empezar la prueba. A la media hora sale al fin para explicarme en qué consiste la pequeña intervención que me van realizar. Me cuenta que es una operación muy sencilla, que consiste en colocar un muelle en la vena cava a través de la yugular o del brazo, pero lo más importante es que no duele. Así, que me quedo con ese pequeño detalle, a estas alturas es el más significativo de todos.

Mi madre y yo escuchamos atentas. Ahora sólo queda firmar el consentimiento. En un principio, le piden a mi madre que lo haga por mí, hasta que descubre que soy mayor de edad. Afortunadamente, aún siguen echándome menos edad de la que aparento.

Estamos nerviosas y no es para menos, a pesar de ser una prueba sencilla compromete un órgano muy importante, el corazón. Que trabajen cerca del motor que te mantiene respirando todos los días pone los pelos de punta, pero a la vez sé que estoy en buenas manos e intento que los nervios no minen demasiado mis pensamientos.

Una enfermera vuelve al cabo de un rato para meterme al quirófano. Mi madre se despide entre lágrimas. Intento contenerme para poder tranquilizarla, en el fondo sé que todo va a salir bien.

Una vez en el quirófano me colocan unas fundas verdes en los pies y me tumbo boca arriba sobre una fría placa. En seguida, reconozco a uno de los cirujanos que tiempo atrás me colocó el porth a cat. Sus conversaciones logran evadirme de la situación mientras espero a que la prueba comience. Me desinfectan el brazo derecho, el frescor de líquido recorre mi piel, después un pinchazo me quema durante unos segundos y ¡voilá! Ya no siento nada más. A partir de ese momento me dedico a seguir las órdenes del cirujano, respiro profundo sin soltar el aire varias veces a lo largo de la prueba. El calor del contraste recorre mi cuerpo. Una placa a la altura de mi pecho se recoloca constantemente dirigida desde una sala en donde el cirujano da órdenes a sus ayudantes. Ha durado aproximadamente una hora y afortunadamente todo ha salido de maravilla. No he sentido casi nada. De todas las pruebas que me han hecho hasta hoy, ésta ha sido sin duda la más relajada.

En lo que terminan de quitarme todos los chismes para medir las constantes vitales, aprovecho para ver las imágenes de mi corazón y el tubo que me han metido en la vena en una pequeña pantalla colocada en el techo. Es curioso ver tu corazón palpitar en un monitor, pequeñito e indefenso.

Una vez pasado el susto me devuelven a mi camilla y la celadora, tras una larga charla con un médico al cual no veía desde hace un tiempo, me conduce de nuevo a la habitación en donde ya están esperándome mi madre y el Flaco.

Una prueba más que dejo atrás y que me ayudará a mejorar mi respiración ¿Cuál será la siguiente?

Mucha luz a todos, en especial a Thierry, compañero y amigo.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Lunes, 06 de septiembre de 2010.



Visita matutina de la oncóloga, nuevas pruebas y cambios de tratamiento, el pan de cada día. Esta enfermedad es así, hay que estar preparado para todo, en ningún momento puedes bajar la guardia. Miriam, termina de confirmarme lo que ya venían anunciándome los oncólogos el sábado, que me harían una pequeña cirugía para descomprimir la vena cava y que tendrían que cambiarme de tratamiento, porque no sólo están buscando que haya una buena respuesta sino poder controlar la enfermedad.

Sin embargo, estoy tranquila, sé que con la ayuda de Dios este cambio será para bien y todo seguirá adelante como hasta ahora. Me mantendré firme y fuerte para continuar luchando esta batalla, aún no está nada escrito. Recibiré mi dosis de quimioterapia con la mejor cara y mañana esperaré paciente la prueba.

Por la tarde llegan los dolores. Desde el sábado que me colocaron la bomba de oxígeno puedo respirar mejor, pero la garganta se seca mucho y enseguida me entra tos. No dejo pasar más tiempo y pido que me traigan unos calmantes para no permitir que el dolor aumente, ya tengo experiencia de sobra con estas cosas y aguantarse es lo peor que se puede hacer, más cuando estas en un hospital en el que tienes a mano todo tipo de drogas ¡Vivan las drogas! Pero las que curan.

Sábado, 04 de septiembre de 2010.

Se me atravesó Urgencias por el camino después de estar resistiendo desde el martes a una fuerte tos que no me permitía respirar bien además de provocarme mareos y sudores fríos. A pesar de conseguir controlar el dolor por momentos con potentes anti inflamatorios, los ataques eran cada vez más seguidos y el sábado ya no pude soportarlo más.

En seguida mi madre, el Flaco y yo tomamos la decisión de acudir al hospital para terminar de una vez por todas con tanto sufrimiento.

No acabo de salir de una, cuando ya estoy metida en otra, antes la lengua, de la que aún estoy recuperándome, y ahora esta tos que me ha devuelto a mi segundo hogar.

Para mi sorpresa tardaron muy pocos minutos en tomarme los datos y pasarme a la zona de clasificación. Creo que mi aspecto tuvo mucho que ver en ello.

Montada en una silla parecida a la que suelen utilizar los dentistas en las consultas, me llevaron al Nivel I. Lo primero que me encuentro al entrar en la sala es una larga fila de camas ocupadas por ancianos, todos ellos por encima de los 70, separados unos de otros por unas finas cortinas y de fondo un pitido cansino que medía las constantes vitales.

Afortunadamente, varios de mis oncólogos se encontraban de guardia y pudieron atenderme rápidamente. El primero en verme fue Bernard, un chico joven, alto, delgado y de gafas, al cual le tengo un gran aprecio. Siempre ha tenido muy buen trato conmigo, es muy humano y suele decirme las cosas con mucho tacto. Se acercó a mí y en un tono amable me preguntó por qué había acudido a Urgencias. Entre llantos le comenté que desde el martes me había dado una tos que no me dejaba respirar bien haciendo que me marease y sudase frío, que estaba preocupada porque había pasado mucho tiempo desde el último tratamiento y que no quería que todos los progresos que habíamos conseguido se perdieran. Al verme tan preocupada me llevó a un box para separarme del resto de pacientes y así poder estar más relajada. Consiguió tranquilizarme después de decirme que iban a hacerme una placa para comprobar lo que tenía.

“Mira que guapa, mira que fea”, “¡Ay! Qué guapa te veo” “¡Ay! Que no puedo” “¡Mamá!”, “¡Ayúdenme!”, al escuchar esos chillidos inconfundibles miles de recuerdos volvieron a mi cabeza. El Flaco que en ese momento me acompañaba en el box, me miró y no pudimos más que arrancar a reír. Era la misma viejecilla que hace meses no paraba de gritar y que intentaba a toda costa quitarse las vías, la misma que nos acompañó desde otra habitación tres largos días después de que me ingresaran por una grave reacción a la Neulasta, medicamento que me provocó un fuerte dolor de piernas y que me mantuvo enchufada a una bomba de morfina durante una semana. Me pregunto si es coincidencia o siempre está en la sala de observación ¿cuál será la historia de esa pobre señora tan solitaria?

Mientras tanto, dos enfermeras jóvenes entraron a darme un orfidal para calmar mis nervios y para sacarme una analítica. El Flaco me observaba desde la puerta de cristal del box. Los resultados no tardaron en llegar. Miriam, Ana y Bernard, volvieron a verme y estuvieron un rato explorándome a petición mía para descartar que hubieran aparecido nuevos gángleos. Pero no era fácil, porque la hinchazón no permitía distinguirlos.

Aún seguía muy baja de plaquetas, unas 64.000 cuando se necesitan al menos unas 90.000 para poder recibir el tratamiento de quimioterapia, así que esperarán hasta el lunes para ver si remontan y tomar de nuevo una decisión. Bernard en seguida me comentó que no habían visto nada en extraño en la radiografía, aunque me mandaron a hacerme otra prueba y me colocaron una bomba de oxígeno para que pudiera respirar mejor. Les dije que me encantaría recibir cuanto antes el tratamiento. Mi insistencia les arrancó una sonrisa, “Eres la primera paciente que conozco que quiere recibir quimioterapia”. Ya me conozco de sobra a estos bichos, en cuanto les das un poco de margen de tiempo se alocan convirtiéndose rápidamente en células malignas, entonces, aprendes que el tratamiento no es tu enemigo sino un gran aliado en esta batalla.

Le tocaba el turno a mi madre, El Flaco salió del box aunque no por mucho tiempo. Estuvimos un rato hablando hasta que entraron de nuevo los tres oncólogos para informarme que me harían otra prueba. Esta vez un TAC que contrastarían con el último resultado del PET para comprobar en qué situación me encontraba. Los nervios me tenían la cabeza hecha un lío y mi cara era un fiel reflejo de cómo me sentía por dentro, porque mis oncólogos estuvieron intentando tranquilizarme durante un largo tiempo, así como el Flaco y mi madre que no se apartaron en ningún momento de mi lado. En la Sala de Observación del Nivel I no se respira un ambiente muy agradable.

Un celador moreno, procedente de alguna isla del caribe, me llevó en la camilla hasta la zona de rayos en donde me hicieron el TAC. Me hace mucha gracia que me traten como si fuese una niña, aunque mientras me echen menos edad, no tengo ningún problema. En cuestión de minutos ya estaba metida en el escáner, con los brazos tendidos en los costados y las piernas estiradas. El contraste se extendió hasta calentar mis genitales y la garganta, una sensación que no me pilló de sorpresa, ya que no es la primera vez que me repiten esta prueba.

De nuevo, volvieron a cambiarse el turno mi madre y el Flaco, momento que aprovechó para hablar con Bernard para decirle que teníamos cama reservada para el domingo y si existía la posibilidad de que me subieran a planta para no tener que pasar la noche en la Sala de Observación, que ya de por sí es bastante desagradable. Bernard no tardó en investigar si se podía hacer el cambio mientras esperábamos los resultados del TAC.

Finalmente, volvieron los tres oncólogos con los últimos resultados de la prueba. Me explicaron que la vena cava estaba siendo oprimida por el Linfoma del mediastino que había aumentado de tamaño y por esa razón me iban a seguir dando corticoides para que el tumor se desinflamase. Se han planteado hacerme una micro cirugía que consiste en poner un muelle en la vena cava para que pueda respirar en condiciones y no me sienta tan fatigada.

¡Nos suben a planta! De modo que dormiremos libres de llantos, monitoreos y chillidos.

Hasta la próxima.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Lunes, 30 agosto de 2010.

De la compatibilidad.

“Te mandamos a casa, estás muy baja de plaquetas, ahora me paso para contarte”, fue lo primero que escuché de boca de una de mis oncólogas que atravesaba el pasillo, mientras asomaba la cabeza desde la habitación. Ahora, justo cuando más ganas tenía que me dieran el tratamiento, de no retrasarlo más, porque ya me conozco a esos bichos que se multiplican más rápido que los gremlins. Pero estaba tranquila a pesar de todo. La oncóloga se marchó al final del pasillo y en seguida llamé a mis padres que aún estaban en casa preparándome la comida para llevarme al hospital. Sentía su aflicción al otro lado del teléfono, así que les dije que en cuanto supiera algo más les avisaría.

Más tarde llegó la oncóloga para explicarme que no podían darme el tratamiento a pesar la transfusión, porque las plaquetas estaban muy bajas y con la quimioterapia descederían aún más corriendo el riesgo de tener una hemorragia interna. Incluso cualquier pequeña herida puede ser peligrosa. Así que me hincharé a comer alimentos ricos en hierro para remontar las plaquetas al máximo.

En seguida le informo que me ha salido un bultito en la costilla, que puede deberse al esfuerzo físico de haber remado y no tarda en auscultarme para comprobar que no sea nada relacionado con el linfoma. Le comento que en realidad esa zona no tiene relación con el sistema linfático, que ya me lo había dicho el Flaco, le hace gracia. “O sea que ya lo habéis mirado”, el Flaco y yo nos reímos. En principio, no le darán mayor importancia, sólo tendré que estar pendiente de si crece, porque entonces sí tendrán que pincharlo para descartar cualquier relación con el Linfoma.

Ya iba a dar por terminada la visita cuando de repente a El Flaco se le ocurre preguntar si ya tenían los resultados de la prueba de compatibilidad entre mi hermana y yo. “Sí, sois compatibles” ¿Cómo no nos lo habían dicho antes? Pero es tanta la alegría que inmediatamente me olvido de ese detalle. ¡Sí! ¡Dios gracias! La sonrisa del Flaco no cabe en la habitación, nos abrazamos, nos besamos, estamos un paso más cerca del trasplante, las cosas van saliendo poco a poco. Inmediatamente llamo a mi hermana para contarle la gran noticia, no puede contener las lágrimas de felicidad, llevábamos tanto tiempo deseando escucharlo. Recuerdo que una de las enfermeras que le estaba sacando sangre para la prueba de compatibilidad a La Yus decía que había casos de familias de hasta seis hermanos en los que ninguno había sido compatible. Al poco tiempo de colgar llamo a mis padres, en seguida, la desilusión se transforma en alegría, no podrán darme la quimioterapia, pero somos compatibles, la lucha continúa. Mis padres no lo pueden creer, hacía nada que estaban preocupados y ahora con esta noticia mi madre decía que hasta el cielo había cambiado de color. “Me voy a ir con muy buenas noticias” es lo último que dice mi padre.

El Flaco se va un momento del hospital a arreglar unas cosas mientras que yo termino de recoger las cosas en espera de que vuelva la oncóloga para darme el informe del alta. Salgo un momento al Control de Enfermería a buscar una enfermera para que me quiten el gripper y me encuentro con María que me dice que se pasará en un momento a quitármelo. La noticia me tiene en un estado de felicidad siento que floto mientras atravieso el pasillo ¡somos compatibles! Aún no lo puedo creer. De repente, abro la puerta de la habitación, entro directamente al baño, enciendo la luz y veo el reflejo de una persona mayor en el espejo. Me pega un susto de muerte y acto seguido me dice que se había acercado porque había visto entrar una persona a la habitación. ¡Qué vergüenza! No se me ocurrió otra cosa que decirle que lo sentía mucho, que estaba un poco despistada y que me había confundido de habitación. La viejita aceptó las disculpas y me marché sonrojada.

Más tarde volvió la oncóloga a entregarme el informe de alta y tuve la oportunidad de charlar un rato con ella y aclarar más dudas. Es muy probable que la próxima semana me quiten los corticoides. En un principio, me había preocupado, porque me ha ido muy bien con ellos. Lo paradójico es que a pesar de que son muy buenos como antiinflamatorios te hinchan cual pez globo, pero como todas las cosas, tienen sus ventajas y sus incovenientes .

Según me explicó Miriam, quitan las náuseas, dan energía y apetito, pero hacen al cuerpo vago de modo que deja de producirlas. Y del lado negativo podría escribir un libro, te dan unos cambios de humor tremendos, pasas del llanto a la risa en cuestión de segundos, te deforman, pero como decía antes, los corticoides no te crean ni te destruyen, sólo te transforman, aunque mejor eso a la morfina, la ausencia total de sentimientos.

Así que seguiré alternando un día sí un día no 1 mg de Forte Cortín y en breve me deshincharé. También le transmití mi preocupación con respecto a retrasar el tratamiento, me dijo que no me agobiara que no se podía dar, que unos días no iban a suponer una gran diferencia. En fin, espero que las células no se dividan tan rápidamente y mi cuerpo resista como lo ha hecho hasta ahora.

¡SOMOS COMPATIBLES!

Dios es grande. Qué mejor noticia para empezar el día. No existe nada comparable en el mundo a la sensación de felicidad que hemos sentido el Flaco y yo al escuchar la noticia. Ni la lengua ni el dolor de la costilla han empañado este gran resultado.

Buenos días a todos.

Domingo, 29 de agosto de 2010.


Escoltados por mi madre y mi padre que van conduciendo detrás de nosotros, avanzamos rumbo a Puerta de Hierro mientras el Flaco les va marcando el camino.

Hoy mis padres dormirán en casa y el Flaco me acompañará durante la noche porque quiere estar presente durante la visita de la oncóloga para aclarar toda la serie de dudas que tenemos con respecto al trasplante. Le gusta tenerlo todo controlado y la verdad es que a mí me viene muy bien porque hay muchas cosas que a veces olvido preguntar.

Es increíble lo que una madre puede hacer por sus hijos, la mía me sorprende cada día más, hace cosas que jamás hubiese imaginado. Es muy fácil decir toma las llaves y conduce el coche hasta el hospital en un país que apenas conoces. Ahora hasta se lleva el coche al supermercado del pueblo y ya aprendió a chatear, está hecha una campeona. Finalmente a la vuelta mi padre llevó el coche porque mi madre no ve bien de noche, y aunque se perdieron consiguieron orientarse para llegar a casa.

Es la primera vez que mi padre me acompaña a un ciclo de quimioterapia y da tanta tranquilidad que así sea, tener aquí a mis padres y al Flaco me fortalece. Además, puede comprobar en primera persona que estoy en un hospital bien preparado, con un excelente equipo de oncólogos y una atención al paciente incuestionable (prometo que no ha habido ningún cheque de por medio para que yo hablara así de bien del hospital).

Al llegar al hospital nos espera una sala casi vacía y la pantalla de los turnos en blanco. Nos acercamos a la única ventanilla que está funcionando y nos encontramos con un chico joven de aspecto caribeño mirando idiotizado la página de facebook. La reacción natural de cualquier empleado que sabe que no está haciendo su trabajo es cerrar de inmediato la pantalla y atender al paciente, pero no señores, el individuo en cuestión terminó de leer un comentario y, entonces, sí, nos atendió. La verdad es que me hizo un poco de gracia la adicción al facebook que tenemos hoy en día y, lejos de enfadarnos, sólo hubo una mirada cómplice entre el Flaco y yo. Hoy no me ponen el brazalete, la máquina del “all inclusive” estaba estropeada, así que cualquiera de los cuatro podría ser un paciente.

Esta vez nos asignan la habitación 115, una de asilamiento. Esperamos a que llegue la chica que nos guía hasta la planta de oncología. “Ángel Esther Rodríguez”, al escuchar mi nombre nos levantamos los cuatro, mi madre, mi padre, el Flaco y yo, y así sucesivamente el resto de pacientes que van llamando. “No vamos a caber todos en el elevador”, qué inocente mi padre, por eso lo quiero. Somos los que más cerca estamos de la planta así que nos suben enseguida.

No hay nada mejor que llegar al hospital y ser tan bien recibida. “No la queremos ni nada aquí”, comenta una de las chicas a mis acompañantes. Lo primero que recibo son los abrazos y besos de las auxiliares que están de turno. Todas son especiales, todas siempre con una sonrisa en la cara, toda siempre dispuestas a hacernos la estancia en hospital más agradable, al igual que las enfermeras, sobre todo María, la más especial, de todas dice que soy como una hija para ella.

Charlamos los cuatro durante un largo rato en los que salen las vergonzosas anécdotas de la infancia, esas que sacan los colores. Aún no me creo ver a mi padres aquí, que bonita sensación el tenerles de nuevo juntos, aunque sea sólo por unos días.

Más tarde vuelve la enfermera a colocarme el gripper. Un pinchazo y voilá, extrae dos tubos para la analítica que marcará si podrán darme o no el tratamiento mañana.

Es la primera vez que vengo con ganas de recibir el tratamiento, cualquiera pensaría que estoy loca, que cómo puedo tener ganas de que me metan más veneno, pero cuando llegas a comprender que la quimioterapia no es tu enemigo, sino tu aliado en esta batalla, es en ese momento cuando tu actitud se transforma.

Sobre las 10 de la noche se marchan mis padres a casa y poco tiempo más tarde una enfermera llega con los resultados de la analítica, gracias a que hoy hay un oncólogo de guardia que los revisa. Cual Popeye y su lata de espinacas estuvieron toda la noche transfundiendo sangre por estar baja de hemoglobina. No me canso de agradecer a todos los donantes que nos dan un poquito de su sangre para que gente como yo podamos seguir luchando, gracias totales.

Quiero agradecer a Dios por habernos dado la oportunidad de reunir a toda la familia en Madrid y poder compartir tantos buenos momentos que me han llenado de felicidad.

¡Feliz cumpleaños la Yus! Eres la mejor hermana del mundo. Te quiero con toda mi alma.