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domingo, 30 de mayo de 2010

Miércoles, 26 de mayo de 2010.


Ingresé ayer sobre las 18.45 de la tarde. Tras colocarme la pulsera con mis datos, nombre completo, edad y número de historial me asignaron una habitación. Esta vez la 109. El Flaco y yo cogimos el ascensor rumbo a la segunda planta de oncología con todo el kit de supervivencia encima. Llegamos al control de enfermería y tras los respectivos besos y abrazos a las enfermeras que siempre me atienden, me tomaron el peso. 56 kilos marcaba la báscula. Buena señal, no he perdido ningún kilo estas dos últimas semanas.

En seguida, nos metimos en la habitación y el Flaco comenzó a ordenar todo. Yo me quedé tumbada en el sofá cama, no porque no quisiera ayudarle, sino porque me encontraba muy débil y sin fuerzas. Tras dejar todo en su sitio, entró una enfermera y su practicante a colocarme la aguja en el port a cath. Para mi sorpresa descubrí que era la practicante la que iba a ponérmelo. No es que desconfíe en que pueda hacerlo igual de bien que una enfermera con años de experiencia, es que uno va cogiendo sus manías y de vez en cuando le gusta exigir un mínimo y, más cuando de pinchazos se trata. El Flaco observaba desde el sofá y yo tenía la mirada fija en la lámpara de techo que estaba dejándome casi ciega. Entonces, escuché las últimas palabras antes de sentir la aguja a travesar mi pecho, “Respira profundo”. ¡Ah!, Duele, Grité. Alicia, la practicante, se apartó inmediatamente y le dije que no pasaba nada, que podía continuar. La enfermera se acercó a comprobar que el trabajo estaba bien hecho y al ser así, me lo taparon con unas gasas que la misma practicante colocó con unas manos temblorosas. “Así no Alicia, al revés, ayuda a sujetar la aguja”, le comentó, la enfermera más experimentada. A continuación, me retiraron del port a cath tres muestras para hacerme la respectiva analítica y comprobar en qué estado me encontraba para recibir el próximo tratamiento.

Al poco tiempo volvieron con los resultados de la analítica. Me dijeron que había salido muy bien, salvo por la hemoglobina que estaba en 7, cuando lo normal es que esté entre 12 y 15. Razón por la cual, la oncóloga de guardia decidió transfundirme sangre para levantarla.

No me extraña nada que me sintiera tan débil teniendo la hemoglobina tan baja. Cualquier movimiento que hacía me fatigaba y me dejaba sin aliento. Mi cuerpo estaba intentando darme una señal. Yo le comentaba al Flaco que no me encontraba bien, que me sentía muy cansaba y lo achacaba al esfuerzo que había hecho durante mi estancia en Cádiz. El Flaco me comentó que se me veía rara, que tenía los labios un poco morados, pero como estoy morena a penas y se nota que estoy enferma.

La enfermera entró de nuevo a la habitación con una bolsa de sangre en la mano y, acto seguido, me preguntó si me había encontrado más débil últimamente. Le dije que sí, que ahora entendía todo. A eso me refiero cuando digo que los enfermos de cáncer sentimos más nuestro cuerpo que una persona sana. Estamos más atentos a las señales que nos manda. A veces es incluso un inconveniente, pues al final terminas achacando cualquier dolor a la enfermedad. Esto no ayuda demasiado a tu estado anímico y emocional.

Dos bolsitas de sangre O RH+ me colocaron para darle un pequeño empujón a la hemoglobina, creo que ha funcionado porque, ciertamente, hoy me encuentro un poco mejor.

Hoy por la mañana he tenido una pequeña diferencia con una de las auxiliares nuevas de la planta de oncología. Ha venido a traerme como todos los días, toallas limpias y, el horroroso y caluroso, pijama del hospital. Le dije que no hacía falta el pijama porque traía los míos y, con los ojos inyectados en sangre, me contestó que era obligatorio por normas del hospital. Acto seguido, me acusó con la supervisora, con la que ya hemos tenido varios encuentros, que tardó cinco minutos de reloj en entrar a nuestra habitación. Con la excusa de preguntar si teníamos unos libros con las normas del hospital, le pidió al Flaco que por favor abriera el armario para comprobar si se encontraban allí. Después, como si de una niña pequeña se tratara, me llamó la atención por no llevar el pijama del hospital, argumentando que necesitaba llevar algo identificativo, cuando llevo así más de un año, algo que no dudó en recordarme. Y qué señal más identificativa que llevar puesta una pulsera donde indica el nombre, la edad y el número de historial. Para no seguir una discusión que no llevaba a ningún lado, asentí con la cabeza y se marchó de la habitación. Sólo puedo deciros que sigo con el mismo pijama puesto.

Pero esto no acaba aquí. Hoy al pasarse la oncóloga a la habitual ronda matutina se quedó sorprendida al encontrarme ingresada. Me dijo que no esperaba verme aquí y que de nuevo había sido un fallo de administración.

Afortunadamente, no me vino mal ya que aprovecharon para hacerme la transfusión de sangre que de otra manera ni siquiera hubiera sabido que la necesitaba. La razón por la que no querían ingresarme tan pronto es porque los hematólogos quieren ver antes los resultados de la biopsia de la médula ósea, para saber si se ha infiltrado enfermedad en ésta y, del PET, comprobar si aún quedan restos de células cancerígenas en mi cuerpo, que es muy probable según lo que hemos estado hablando la oncóloga y yo.

Lo que aún no han conseguido los oncólogos es dejarme con el mínimo de enfermedad, porque a pesar de que el linfoma no es tan agresivo como otros tipos de cáncer, se reproduce muy rápidamente.

Así, que a lo largo de la mañana oncólogas y hematólogos van a valorar qué decisión tomar al respecto, ya que estos últimos no querían darme un tercer ciclo de quimioterapia para no dejarme trombopénica (baja de plaquetas). Pero según me he encontrado estos últimos días, creo que va a ser necesario un tercer ciclo. Nada me gustaría más que no fuera así, pero noto que el huevo se ha cabreado y está más hinchado, me ha vuelto una tos con babas muy sospechosa, parecida a la que tuve hace un año cuando me diagnosticaron el Linfoma, me fatigo muy rápido y respiro con dificultad. Son demasiados síntomas para pasarlos por alto.

Es curioso como con cada tratamiento vas aprendiendo cosas nuevas. Esta vez, que justo el tiempo que dejan entre un tratamiento y otro es el necesario antes de que las células empiecen de nuevo a dividirse y formen más células cancerígenas.

Son las 11.00 de la mañana y hasta las 14.00 no sabré nada.

Me van a dar más corticoides para bajar la inflamación del huevo.

14.30

No sé cómo ni por dónde empezar a relatar todo lo que ha pasado en lo poco que va del día. A penas son las 15.30 y todo ha vuelto a dar un vuelco. Mientras me desahogaba entre llantos con el Flaco sobre lo cansada que me sentía una enfermera irrumpió en la habitación cargada de toda la pre medicación lista para darme el tratamiento, anticipándose incluso a la oncóloga. De por sí, no estaba teniendo un buen día y ésta terminó de joderlo. Se suponía que primero hablaría con mi oncóloga para ver qué decisión habían tomado en conjunto con los hematólogos. En ese preciso momento en el que entró la enfermera estallé. Le dije que sabía que no era culpa suya, pero que me hubiera gustado que primero se me avisara de los resultados y no haberme enterado de esta manera tan brusca. No se puede jugar con una persona de esa manera. Pasé de creer que podían darme el alta este mismo día a recibir hoy mismo quimioterapia. La incertidumbre que sentí en esos momentos me hizo derrumbarme. Mientras, la enfermera seguía hablando sin que yo le prestara mucha atención. Esbocé la mejor de mis sonrisas con la finalidad de que se marchara cuanto antes para poder hablar con el Flaco con tranquilidad.

Volví a llorar. Cinco minutos más tarde entró la oncóloga a la habitación y me encontró entre triste y cabreada. Le expliqué el por qué de la situación y, al menos, ella sí me comprendió. La medicación había llegado antes de que ella pudiera darme la información que tenía y, por tanto, la enfermera se había anticipado. No era tan difícil esperar cinco minutos. Sólo pedía un poco de sentido común y, sobre todo, de humanidad. Simplemente me hubiera gustado que las cosas se trataran de otra manera, al menos, así se lo hice entender y no tuvo ningún problema en reconocer que había sido un error.

Cuando la oncóloga notó que estaba un poco más calmada me dijo, “Traigo malas noticias”. Mis ojos se nublaron y, de repente, todo se tornó oscuro. ¿Tan malas son? Le contesté. Me explicó que en el PET había aparecido más enfermedad, es decir, se había extendido a otras zonas del cuerpo. Ahora se habían formado gángleos cerca de un pulmón, razón por la cual respiraba con dificultad, otro gángleo encima del dichoso mediastino que me provocaba la tos, otro más en los bronquios, unos sospechosos en un riñón, pero había uno que había respondido bien, el del mediastino (efecto de ovaciones en segundo plano).

Sentí más cercana que nunca a mi oncóloga, como si se hubiera desprendido por un momento de su bata y su estetoscopio mostrado su lado más humano. “Ángel, tienes todas las de ganar, eres un una chica joven y hay que seguir intentándolo con nuevos tratamientos. Tienes que seguir luchando como hasta ahora”. Cuando tu oncóloga te habla de esa manera, toda tu perspectiva cambia. Quién mejor que ella para decirte algo así.

Le conté los síntomas que había tenido durante estos últimos días, tomó nota. Aún sin tener conocimiento de los resultados del PET, presentía que no iban a ser muy alentadores por cómo me había encontrado estos últimos días. Pero lo más surrealista es que fuimos interrumpidas en un momento de tensión hasta dos veces, primero, por la señorita del “servicio de peluquería”, que dio lugar a una mirada cómplice entre la oncóloga y yo, ya que no llevaba pañuelo haciéndose evidente que mechas no me iban a poder hacer. Y, segundo, por la chica que recoge las bandejas de la comida.

Finalmente, la oncóloga, a la que continuaré llamando Miriam, me dejó el consentimiento que hay que firmar para poder recibir el tratamiento y, cuando hablo de que cada día la siento más cercana es porque, hoy me dijo ¿Quieres que te lea los efectos secundarios o prefieres que no lo haga? Me los sé casi tan bien como ni nombre así que no fue necesario. Os pondré la lista que tuve que firmar para que entendáis mi acojoné: náuseas, vómitos, bueno, hasta aquí todo bien, los puede tener incluso una embarazada, diarrea, mucositis, anorexia, alopecia, astenia, aquí las cosas ya se empiezan a poner más serias, mielotoxicidad, eso me suena a dulce, infecciones graves, sangrados, anemia, cistitis hemorrágica, nefrotoxicidad, neurotoxicidad, cardiotoxicidad, hepatoxicidad, reacciones alérgicas, muerte tóxica. Hace un rato que me quedé en náuseas y vómitos.

Tras un tiempo de asimilación y de derramar mocos a diestro y siniestro, decidí buscar el lado positivo de mi nueva situación. No son pocos, sino todo lo contrario:

1.- No van a hacerme la biopsia de la médula ósea, esperarán hasta el próximo ciclo de quimioterapia.

2.- No más Neulasta, de ahora en adelante sólo Neupogen.

3.- Sólo serán cuatro días de tratamiento, porque mi médula ósea necesita un respiro y, por ende, dosis más reducidas.

4.- Pese a las no muy buenas noticias sigo sonriendo y con la esperanza de que las cosas van a ir a mejor (papi no las pierdas tu tampoco nunca, tengo muchas ganas de vivir y sé que vamos a salir victoriosos de esta batalla).

5.- Han actuado rápido. Comenzarán a darme quimioterapia de inmediato para no dejar que los gángleos crezcan y la enfermedad progrese más.

6.- Estaba presente el Flaco, como siempre, para apoyarme.

7.- El tumor del mediastino ha respondido bien, es una muy buena señal si tenemos en cuenta que lo llevo arrastrando desde hace un año. Le hemos dado caña, finalmente.

8.-Los tumores son muy resistentes, pero yo aún lo soy más.

9.- Siempre hay una solución, un nuevo tratamiento para combatir la enfermedad.

10.- Sigo aprendiendo cosas nuevas sobre el cáncer, por ejemplo, que mi enfermedad se divide entre los que son quimio sensibles y los quimio resistentes. En mi caso se trata del último en cuestión, es decir, mi cuerpo responde bien a la quimioterapia, pero muy rápidamente reproduce células malignas y se hace resistente al tratamiento.

11.- Soy la primera persona a la que la quimioterapia le sienta de maravilla.

12.- Estoy morena porque me puse el culo negro en la playa durante seis días.

13.- Ayer por primera vez en mi vida me trasfundieron sangre y hoy me encuentro mucho mejor.

14.- Van a darme un tratamiento parecido al primero que me dieron hace un año que me diagnosticaron el Linfoma, aunque con algún fármaco y una dosis diferente.

15.- Están intentando dar con la combinación adecuada para evitar que se formen y se reproduzcan con tanta rapidez los tumores. De modo, que quieren evitar que las células se dividan y se conviertan en células cancerígenas. En este caso, tardaron escasas dos semanas en volver a reproducirse.

Cosas negativas a tener en cuenta:

1.- Nunca se me han dado bien las divisiones y menos las celulares.

A pesar de que no pueda congeniar con todas las enfermeras, al igual que lo hago con otras, quisiera agradecer a todas y cada una la labor tan noble y el sacrificio que llevan a cabo día tras día por nosotros los pacientes. Además, de agradecerles la gran parte del tiempo que nos ofrecen intentando aliviar nuestros dolores y sufrimiento.

A todas ellas, gracias. Y por supuesto, a las auxiliares, los celadores, a las limpiadoras y demás personal que forma parte de este hospital.

lunes, 24 de mayo de 2010

lunes, 24 de mayo de 2010.


Hoy no ha sido un buen día, ayer tampoco lo fue. Lo único que ha conseguido arreglarlo un poco ha sido mi Flaco y la vídeollamada con mi padre. Hay veces que por más que lo intento no consigo arrancar los malos pensamientos que se me pasan por la cabeza. La incertidumbre, el miedo, los dolores no ayudan tampoco a superarlos.

Me he levantado y he descubierto que el tumor del cuello estaba volviendo a crecer. Afortunadamente, este martes me ingresan de nuevo para darme el tercer ciclo de quimioterapia.

Sobre la 13.00 me llamaron del hospital para recordarme que mañana tengo que hacerme el PET. Eso por la mañana y por la tarde ingresar nuevamente.

Ayer lloré durante casi todo el día. Todos tenemos días mejores. Desde luego, el domingo no fue uno de ellos. Cualquier detalle, recuerdo o pensamiento me hacía derramar lágrimas. Encima ha empezado a dolerme de nuevo el nervio del hombro derecho, aunque esta vez he conseguido frenarlo a base de altas dosis de paracetamol. Es inevitable sentir que un cordón umbilical te ata al hospital, sobre todo, cuando estás alejada físicamente de él. No sé explicar la dependencia que siento hacia éste. A pesar de ello, durante mis vacaciones en Cádiz logré desconectar de todo, pruebas, tratamientos, dolor, miedos. La playa me devolvió a mi entorno natural. Fue como si Dios me hubiera dado una tregua y durante una semana todo en mi mundo fuera sol, playa, placer, diversión, paz y relajación.

Pero a la vuelta aterricé de nuevo en la realidad. Ya no sé si achacarlo al síndrome pos vacacional o qué coño. Ayer, mientras hablaba con el Flaco le comentaba que quería vivir ahora justo cuando mejor me están yendo las cosas. Por eso lucho, quiero encontrar mi recompensa de toda esta incansable lucha contra una enfermedad muy jodida.

No quiero parecer pesimista ni derrotista, sólo quería que supierais que sois muy afortunados de tener salud, de que no existe suficiente dinero en el mundo capaz de igualarla, de que viváis el aquí y el ahora y deis importancia a lo que verdaderamente lo tiene. Sólo cuando pasas por una experiencia así te das cuenta del valor de las pequeñas cosas, poder ducharte sólo, poder levantarte al baño sin que tengan que ponerte una cuña en el culo, de comer algo decente y no un bodrio de hospital, de poder andar sin tener que estar enchufado a un suero o a una máquina, de poder compartir de intimidad con tu pareja, de poder descansar sin que entre un desfile de personas en tu habitación, en definitiva, de llevar una vida normal como el resto de los mortales.


Buenas noches Madrid, buenas tardes Cancún.

Domingo, 23 de mayo de 2010.


El Flaco y yo hemos pasado unas vacaciones increíbles en Cádiz. Nos bañamos en las paradisíacas playas de Caños de Meca, nos alojamos en un dúplex en una excelente zona sin desembolsar un solo euro, comimos marisquito fresco y toda clase de manjares imaginables, paseamos por auténticos pueblos andaluces, cogimos un poquito de color a la orilla del mar y disfrutamos de las puestas de sol en unas hermosas playas. Pero, lo mejor de todo, ha sido que no he tenido efectos secundarios después de los pinchazos de Neupogen. Eso sí, continué tomando mi respectivo cóctel de drogas mañaneras y mis 3 gramos de paracetamol diarios.

El miércoles de la semana pasada tomé el último miligramo de corticoides y la última dosis de Neupogen. Aún así, sigo sin deshincharme, pero por los menos ya no tengo insomnio. He conseguido dormir como una persona normal.

A veces me pasa algo muy curioso cuando tomo azúcar me entran ataques de risa. Llega un momento en que me quedo sin aliento de las carcajadas. Me ocurre siempre a la hora del postre, casualmente.

En definitiva, ha sido un excelente viaje en el que he conseguido desconectar de todo y relajarme, lo necesitaba tanto.

“Somos sólo tú y yo y lo demás es humo”, El Flaco.

Miércoles, 19 de mayo de 2010.


Olvidaba un detalle cuanto menos curioso acerca del hospital y sus infinitas anécdotas. Además de la larga lista de enfermeras, auxiliares celadores, etcétera, etcétera hay que sumarle el servicio de peluquería. Sí, habéis escuchado bien, no es una broma de mal gusto. En oncología también hay peluqueras.

Amablemente, una señorita llama a tu puerta por la mañana, tras pegarte un susto de muerte, y pregunta: “¿Servicio de peluquería?”. ¿Nos estáis tomando el pelo acaso? Si lo tuviéramos seguro que sería así. Ya no sé si se hacen o directamente no se dan cuenta que en su mayoría estamos todos calvos, salvo uno que otro que ha tenido la suerte de no perderlo. Sin duda, se queda en la pequeña lista de anécdotas graciosas del hospital.

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué las pastillas tienen una raya en el medio? Tengo dos teorías para dicha pregunta. Una, que esté puesta para facilitarnos partirla por la mitad cuando así lo requiere nuestro médico y, dos, para clavarle la uña y poder sacarla del envoltorio, aunque esta última es más improbable. Ya sé que es una chorrada sin importancia, pero el tener tanto tiempo libre te lleva a plantearte toda clase de preguntas, buenas y malas, útiles e inútiles. Son bienvenidas todas las teorías que tengáis con respecto a este intrigante tema.